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El último fallo de una Magistrada: Dar la vida por su hijo en una ciudad que le dio la espalda

Zacatecas llora a Oyuki Ramírez Burciaga, una mujer que durante 20 años dictó justicia desde el papel, pero que en su último aliento, ejecutó el acto de justicia más puro que existe: salvar a su hijo a costa de su propia vida.

Hay muertes que pesan más que otras, no por el cargo de quien se va, sino por la soledad en la que ocurren. La magistrada Oyuki, quien apenas hace siete meses había alcanzado la máxima distinción en el Poder Judicial tras décadas de esfuerzo como secretaria proyectista, falleció este martes. No murió en un estrado, ni bajo la solemnidad de una toga; murió víctima de un enjambre de abejas y, sobre todo, de una aterradora falta de solidaridad y equipo.

Cuando el caos se desató en la Unidad Deportiva de Guadalupe, Oyuki no pensó en protocolos ni en su investidura. Su instinto fue inmediato: cubrió a su pequeño de tres años con su suéter. Ella se convirtió en el escudo, entregando su piel para que las picaduras no tocaran a su hijo. Logró su objetivo; el niño está a salvo, pero el precio fue su propia existencia.

Lo más doloroso de esta tragedia no fue el azar de la naturaleza, sino la orfandad en la que Oyuki se encontró frente a quienes debían protegerla. Los testimonios son brutales:

Se dice que, en medio de la desesperación, la Magistrada tuvo que perseguir unidades de emergencia suplicando ayuda.

Ni los policías presentes ni los bomberos pudieron acercarse. No por falta de voluntad, quizás, sino por algo más sistemático y cruel: la falta de equipo adecuado. Resulta una ironía sangrienta que una mujer que dedicó 20 años a fortalecer las instituciones del Estado, fuera abandonada por esas mismas instituciones en el momento en que más las necesitó.

¿Cómo es posible que en una unidad pública, ante una mujer que clamaba por su vida con un niño en brazos, el sistema se quedara de brazos cruzados por falta de un traje o un protocolo de reacción?

Una vida de servicio, un final de injusticia
Oyuki llegó consciente al hospital, luchando hasta el último segundo, tal como luchó durante dos décadas para ascender en su carrera profesional. Su ascenso a Magistrada era el premio a una vida de estudio y rectitud. Sin embargo, la justicia que ella administraba no alcanzó para salvarla a ella.

Hoy, su hijo crecerá sabiendo que su madre fue una heroína, pero la sociedad zacatecana se queda con una herida abierta y una pregunta incómoda: ¿De qué sirve la justicia en los libros si no somos capaces de socorrer a una madre que agoniza a plena luz del día?

Descanse en paz, Magistrada Oyuki Ramírez Burciaga. Su último sacrificio es la sentencia más poderosa de amor que se haya dictado jamás en este estado, aunque la ciudad no haya estado a la altura de su valentía.

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