Muchos creían que ya había fallecido, pero la política mexicana suele reciclar a sus personajes más astutos. Carlos Robles Lostaunau, “El Calolo”, considerado uno de los primeros delincuentes electorales del país, ha resucitado públicamente. No es un fantasma del pasado: hoy se proyecta como el estratega en las sombras detrás del triunfo del PRI en Coahuila.
Para quienes fuimos reporteros en Tribuna del Yaqui bajo la dirección de Alberto Siles López, su regreso es un inevitable viaje a 1988. En ese año, el pegajoso estribillo “Calolo, Calolo” sonaba por todo Hermosillo. Cobijado por el PRI, era un candidato a la alcaldía tan popular que superaba en simpatías al propio candidato presidencial Carlos Salinas de Gortari.
El fraude histórico de 1988
La mina de oro del “Calolo” fue la tristemente célebre “Operación Manitas”, un escándalo que rebasó cualquier límite legal y moral, ganándose el apodo de “un gran pecador electoral” por parte del entonces Arzobispo de Hermosillo, Don Carlos Quintero Arce.
Aquel fraude quedó marcado por tres factores:
Padrón inflado: Votaron los vivos y los muertos; los sufragios emitidos superaron el número real de ciudadanos registrados.
Uso de la fuerza pública: Se utilizó a cadetes de la escuela de policía para robar y rellenar urnas.
Violencia y gases lacrimógenos: En la colonia Los Naranjos se desató un zafarrancho policiaco para consumar el robo de urnas, afectando a varios reporteros y al fotógrafo de Tribuna, Juan Casas.
Las denuncias de la oposición, liderada en ese tiempo por el panista Ramón Corral, desataron una crisis de tal magnitud que el gobierno federal tuvo que intervenir. Manlio Fabio Beltrones, entonces subsecretario de Gobernación, aplicó la guillotina política: obligó al “Calolo” a dimitir a los pocos meses de asumir la alcaldía, obligándolo a huir de Sonora.


